Seguramente casi todo el mundo conoce el caso: en 2003 la cantante Barbra Streisand presentó una demanda contra la web Pictopia (por la tontería de 50 millones de dólares), para que retirasen una foto aérea de su casa. La imagen no hacía referencia a la propietaria y había sido hecha por casualidad, entre otras muchas. Cuando el litigio salió a la luz circularon por internet opiniones y memes digamos que poco favorables para la denunciante. Lo interesante es que, en principio, casi nadie sabía que quién era la casa y a nadie le importaba.

La capacidad masiva e inmediata de difusión de noticias en la red, gracias a la intervención de infinidad de usuarios, convierte en exponencial la propagación de cualquier hecho que despierte el suficiente interés. La demanda no prosperó pero, a partir de entonces, cualquier intento de censura que se vuelve en contra del inquisidor (o inquisidora) lleva su nombre.

Intentos de acallar ciertos tipos de información ha habido siempre. Incluso en las democracias, los grupos de presión de todos los colores intentan llevar el ascua a su sardina un día sí y otro también en nombre de lo políticamente correcto. Por estos lares tenemos muchos ejemplos, como la hasta hace poco sobreprotegida casa real y la revista El Jueves, o los casos relacionados con la delicada piel de la iglesia católica: los juicios contra Javier Krahe por cocinar un Jesucristo y contra la obra de teatro Me cago en Dios, que pasaron de anécdotas apenas conocidas en ciertos círculos a tertulias familiares a la hora de la cena.

Y no siempre el efecto es online. Otra muestra es el reciente ataque islamista, con el resultado de 12 muertos, a la revista satírica francesa Charlie Hebdo. El intento de acallar una publicación poco conocida fuera de su país de origen y con 60.000 ejemplares de tirada, se saldó con la difusión mundial de sus contenidos y una edición especial de siete millones de ejemplares.

Pero también del lado de la progresía cuecen habas. Estos días se habla de la retirada de la coplilla supuestamente homófoba de una murga del Carnaval de Tenerife a solicitud del concejal de Igualdad y el colectivo LGTB de la ciudad. La cosa comienza así:

Suave, tú lo vas probando
Y te va gustando; ya no hay “marcha atrás”.
Yo empecé diciendo voy a ver
Y le fui cogiendo afición
Y ahora soy un mariquita, más bien acentuado en toda la “o”;
Luego, nos fuimos juntando en un colectivo bujarrón.

Y sigue en el mismo tono a lo largo de nada más y nada menos que 20 estrofas, que son muchas estrofas para tan mala rima. El caso es que las protestas de políticos y colectivos LGTB han puesto el grito en el cielo pidiendo su retirada. La respuesta de estos payasos (con perdón) ha sido tan burda como su letra, se comparan Charlie Hebdo y lo consideran un caso de censura.

Sería muy largo profundizar aquí si la libertad de expresión debe tener límites (quizás en otro post). La cuestión es que algo que podrían haber visto y escuchado un número de personas más o menos restringido en un teatro –o en la tele local, da  igual– ahora está circulando en todos los medios de comunicación, blogs y redes sociales. Y si se trataba de que nadie se ofendiera por el contenido (no digamos ya por tan espantosos ripios) ahora habrá muchos más ofendidos o incitará más a “la ciudadanía a crear pensamientos negativos, estereotipados y que inciten al odio del colectivo LGBTI” . Toma ya efecto Streisand.