No hay duda de que internet está cambiando rápidamente el campo de la comunicación empresarial y estamos convencidos de que el mundo de la cultura tiene que formar parte de esa revolución. Es verdad que las etapas de transición son confusas y esta seguramente lo es más. Tenemos la sensación de que nuestro terreno profesional aún no ha sabido adaptarse a las nuevas tecnologías, las redes sociales, y todas las posibilidades que ofrece la web. Pero también es verdad que no es un problema exclusivo del ámbito cultural.

En realidad, sabemos perfectamente que casi todo el mundo está dando palos de ciego, incluyendo a los que hasta ahora eran dueños y señores del marketing: las grandes corporaciones, marcas, multinacionales… Y probablemente ellos estén más despistados que nadie, porque los cambios están siendo rápidos y profundos, y sus mastodónticas estructuras no son fácilmente adaptables.

Pero vayamos al tema que nos ocupa: cómo encajan las entidades de carácter cultural en todo este embrollo. La primera característica particular de la esfera artística es que debe dirigirse a dos tipos de clientes a la vez o, dicho de otra manera, a un cliente final, el público, pasando por un intermediario, el programador. Es verdad que intermediarios hay en cualquier transacción comercial pero, en nuestro caso, la relación del peso específico de cada uno es especial. Porque en cuestiones culturales la demanda del público no es el único factor a tener en cuenta. Un galerista no va a programar una exposición si está seguro de que no va a vender un miserable cuadro, pero en su decisión intervienen también factores intangibles como la trayectoria, el estilo o la filosofía que encierran el artista y su obra. Un programador de espectáculos municipal valorará que sus jefes quieran hacer rentable la inversión presionándole para que acuda público a la sala, pero también habrá detrás una reflexión sobre el papel del teatro o la danza como elementos de mejora social. Es decir, que en el espacio de la comercialización de la cultura el papel del intermediario es muchas veces tan importante o más que el del público final, y eso es un hecho diferencial.

Y ahí es donde creemos que está la madre del cordero. Internet, las redes sociales, las páginas web y los blogs están llenos de espectadores e incluso de colegas de profesión artística, de aficionados y de profesionales, pero… ¿Están los galeristas, los directores de museos, de teatros, los programadores de festivales, los dueños de cines, los editores…? Esa es nuestra gran duda. Si están, lo usan como medio de obtener información, sin duda, pero ¿cómo sabemos que estamos llegando a ellos? La gran pregunta es si merece la pena volcar muchas o pocas energías, y dinero, en promocionar la cultura a través de la red. Nosotros creemos que sí, pero hay que encontrar la manera de llegar hasta esos clientes intermedios, y saber que nos comunicamos con ellos.

 

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