La publicidad se basa principalmente en dos elementos: información y seducción. La información es una descripción que apela lo racional, a explicar que un producto puede cubrir una necesidad concreta. La seducción, sin embargo, se dirige a los aspectos emocionales. Así, la utilidad puede pasar a segundo plano y se apela a los deseos, sueños y aspiraciones, a lo que creemos que somos y a lo que queremos ser, tanto individual como colectivamente. Se puede incluso insinuar que no alcanzaremos nuestros objetivos en la vida a menos que adquiramos determinado bien de consumo. En definitiva, si compras mi producto serás feliz.

Una de las formas más directas de apelar al plano emocional es la música. Con una buena canción se puede enviar un mensaje directo, tremendamente evocador y fácilmente recordable y si además se hace popular, tendrá un efecto amplificador. No importará que la idea que se transmite y el producto que se vende sean escandalosamente contradictorios, es más, aportará a la marca ese plus de buen rollo que hace falta.

Por ejemplo, el spot de Coca Cola del año 71: una multinacional utilizando, entre otros, a gente con pinta hippie (sus acérrimos enemigos, representantes de una cultura anti-consumista) y cantando Al mundo entero quiero dar, un mensaje de paz, mientras buscaban contratos para enviar su producto a los soldados en Vietnam y apoyaban a Nixon. Sin embargo, desde el punto de vista publicitario la campaña es impecable y tuvo un éxito tremendo.


 


 

En general, la música es un medio muy directo de expresión, comunicación y persuasión. Debido a su influencia sobre las emociones y las motivaciones se puede utilizar como instrumento de manipulación. Podemos citar el clásico ejemplo de la música ambiental en las superficies comerciales: Las ventas aumentan si los establecimientos emiten temas muy populares y con ritmos suaves, la gente se pone contenta. Los restaurantes de comida rápida utilizan ritmos agresivos para que los clientes mastiquen a toda velocidad y liberen las mesas. La ropa para cierto tipo de jóvenes se vende mejor en tiendas con sonido discoteca y volumen alto…

La música también es un elemento de cohesión social: tribus urbanas, tramos de edad, nivel cultural y de estudios, origen geográfico, clase social, etc. se identifican con determinados sonidos. La publicidad se dirigirá a un segmento de mercado concreto por medio de melodías que promuevan la identificación de los consumidores de cada grupo y también de los que quieren entrar en él.

Finalmente, la música puede dar una idea positiva de la imagen de marca, especialmente cuando se trata de empresas que ya la tienen negativa de antemano. Un buen ejemplo son las campañas de los bancos, en las que se suelen resaltar los valores humanos, —algo bastante alejado de su propia dinámica— o las compañías eléctricas con su apuesta por lo verde (que no suele ir más allá del color corporativo). Emplean canciones muy conocidas e identificables para indicar proximidad y cercanía y suelen ser del tipo que parece un himno, como de grandeza.



En la era de internet todos hacemos publicidad. Las páginas web, los blogs y, especialmente, las redes sociales son la base de una constante divulgación personal, empresarial y social. Pensemos en cómo utilizar la música y ofrezcamos información y seducción.

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